Morgan

Morgan

Morgan estava entediado. Não que sua rotina não fosse costumeiramente entediante como o são as de seus assemelhados, mas o tédio daquele dia lhe era particularmente enfadonho. O velho com quem dividia morada não saía da máquina de escrever havia quase dezoito horas. Nenhum dos seus apelos, emocionais, lúdicos ou pragmáticos, foram suficientes para demover o em outros momentos falante escritor da sua sanha criativa.

Como se ouvisse um assobio ao longe, Morgan levantou as orelhas e em seguida se ergueu sobre as patas da frente. Correu à televisão e, engenhoso que era, na terceira tentativa conseguiu apertar o botão de ligar. Talvez pelo hábito de tantos anos de convivência, que lhe fazia lembrar a hora exata dos jogos, ou por pura astúcia auditiva canina, soube naquele momento que o Club Nacional de Fútbol estaria entrando em campo contra um Peñarol sedento por revanche.

Em dois pulos voltou ao escritório, latiu, retornou à sala onde a TV ligada não emitia som algum, e então de novo ao pé da escrivaninha mordeu a manga direita do robe do agora dito ambíguo esquerdista histórico, como quem puxa a orelha de um garoto travesso. Como aquele fanático esquecera a hora do grande clássico? Relativizar posições políticas do passado, vá lá, mas olvidar-se daquele ritual sagrado era inaceitável! “Jugar sin hinchada es como bailar sin música”, sabia de cor a frase dita à exaustão pelo seu iniciador na paixão pelo futebol.

Recebeu um afago de agradecimento e atavicamente ficou satisfeito. Mas naquele momento Morgan entristeceu-se ao pressentir ali quiçá um sinal de recidiva da moléstia de seu amigo. Crédulo que era, rogou aos deuses pagãos que, se possível e permitido fosse, transferissem o sofrimento de Eduardo para si.

Morgan morreu de câncer naquele mesmo ano.

PS: Abaixo, texto de Eduardo Galeano (3.9.1940-13.4.2015) sobre Garrincha

“Alguno de sus muchos hermanos lo bautizó Garrincha, que es el nombre de un pajarito inútil y feo. Cuando empezó a jugar al fútbol, los médicos le hicieron la cruz: diagnosticaron que nunca llegaría a ser un deportista este anormal, este pobre resto del hambre y de la poliomelitis, burro y cojo, con un cerebro infantil, una columna vertebral hecha una S y las dos piernas torcidas para el mismo lado…

Nunca hubo un puntero derecho como él. En el Mundial del 58, fue el mejor en su puesto. En el Mundial del 62, el mejor jugador del campeonato. Pero a lo largo de sus años en las canchas, Garrincha fue más: él fue el hombre que dio más alegría en toda la historia del fútbol.

Cuando él estaba allí, el campo de juego era un picadero de circo; la pelota, un bicho amaestrado; el partido, una invitación a la fiesta. Garrincha no se dejaba sacar la pelota, niño defendiendo su mascota, y la pelota y él cometían diabluras que mataban de risa a la gente: él saltaba sobre ella, ella brincaba sobre él, ella se escondía, él se escapaba, ella lo corría. En el camino, los rivales se chocaban entre sí, se enredaban las piernas, se mareaban, caían sentados.

Garrincha ejercía sus picardías de malandro a la orilla de la cancha, sobre el borde derecho, lejos del centro: criado en los suburbios, en los suburbios jugaba. Jugaba para un club llamado Botafogo, que significa prendefuego, y ése era él: el “botafogo” que encendía los estadios, loco por el aguardiente y por todo lo ardiente, el que huía de las concentraciones, escapándose por la ventana, porque desde los lejanos andurriales, lo llamaba alguna pelota que pedía ser jugada, alguna música que exigía ser bailada, alguna mujer que quería ser besada.

¿Un ganador? Un perdedor con buena suerte. Y la buena suerte no dura. Bien dicen en Brasil que si la mierda tuviera valor, los pobres nacerían sin culo. Garrincha murió de su muerte: pobre, borracho y solo.”

 

 

[Imagem do Gran Parque Central de Montevideo, casa do clube Nacional, e sede da primeira Copa do Mundo, em 1930. Extraída do site ecuagol.com. Texto sobre Garrincha reproduzido de historiadefutbolmundial.blogspot.com.br]

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